viernes 28 de diciembre de 2007

No duermas

Un elfo mira por mi ventana, diluye el ocaso
en verde fulgor, distrae los haces
recita en susurros los versos maleables,
endulza el cobre y el dios su percusión
Recita?.. refuerza, recoge, alimenta y dolor
suspira y fatiga, lo vence pero no, nunca
No, jamás!. De ninguna manera golpea tan fuerte
No!... nunca reprime, su alma, el tambor y yo

No duermas, no bebas, de a sorbos, de a ratos,
Ni pienses en muerte, ni vida, ni lo otro
él te observa, detrás del espejo, del vidrio
por aquella puerta entreabierta, te olfatea
te acecha, frío, caníbal, paciente, dormita
no desespera ni ríe, ni vuela, ni sangra
solo predica en su mente, aquel que no muere
solo contra todos, sus otros, su quimera

jueves 27 de diciembre de 2007

la orquídea octogenaria y lo eterno


Sube el pedestal, tinte carmín, la orquídea octogenaria.
Incrustada en la roca como uñas en la carne,
el baño de luz, espesa y dulce, néctar y desolada
brilla dentro de sí y explora el espacio, lo biótico.
Se proyecta hacia fuera y cromática, ostentosa,
pero la espina de rosa punza sobre el dedo que indica.

Estática y paciente, dispone del tiempo, o no
cual roca en un desierto yace y muere en vida.
Rompe fronteras, el sonido y artera la vida,
se deja, se eleva, muta y nace de nuevo.
La brisa peina sus extremidades, zigomorfa las luce,
deleita y aclama, la vida, lo vivo y la angustia
y la espina de rosa que punza sobre el dedo que indica.

Solitaria se deja acurrucar, el viento arrecia y Eolo
la observa, la admira, la ataca y la espera.
Fluye el mecanismo, lo nuevo nace en lo viejo,
La herencia se pierde, hermafrodita se anula y corre
desesperada, busca ayuda, el llanto y socorro,
y mira hacia el cielo, en el acto, in fraganti,
a la espina de rosa que punza sobre el dedo que indica

La muerte la escupe, la provoca y la ignora,
avanza la maleza, la acerca al otro lado,
vasta tierra y ciénaga de azufres rojizos y hedores cortantes
La muerte la escupe y sobre su mano plantea el ocaso
Nadie presente, Nadie omnisciente, ni testigo, ni ausente
ni la espina de rosa que punza sobre el dedo que indica

Lo grotezco que se ve el monstruo y la niña ciega y punto en común



De la cálida saliva
que ella dejo de producir,
pude degustar el azul
tiznado por la hiel,
empapado por miles de sonidos,
gritos agudos que se clavan
y se astillan sobre verde vacío.

El monstruo salivó sobre ella
y sobre ella otra vez.
Y ella sobre si, sangre natural
Gritó bajo el líquido
ese que agua no es.
Y ella sobre si, flujo visceral
gritó hasta cuando el filo
llegaba hasta el umbral.

Cítrico y punzante, sin pensar
deja huellas en el intento
y su alma ahogada en el platino
y la aguja de este material.
Se clavan en mi lengua, vos niña
y este puñal, sin más y él mismo,
mi puñal... tu monstruo,
tu demonio, tu aliento y su color.

Él, esta vez se hundió en su sequedad
y el libido dorado, agrio
y los años solitarios y el sexo
y la verdad
Roza con sus garras y ella suspira
sensaciones, emociones, secreciones
Roza como el oro el cauce y recorre
pretensiones, ilusiones, sensaciones...

para una voz grave

Malditos los que interpreten en este pedazo de papel una visión negativa de lo que los rodea.

El tedio abruma mi vida. Día a día.

Me he vuelto un espectro autofago que mira a su alrededor y solo ve mentes vacías de pensamientos claros. ¿A caso no ven lo erróneos que son sus actos? Debe ser que no han escuchado lo que dicen sus voces. O quizás estas han muerto y no lo han notado. Todo puede desvanecerse a sus alrededores y es seguro que nunca se darían cuenta.

Mírenme y conozcan a un hombre que ni siquiera puede llamarse hombre.

Mírenme y deleiten sus morbosos ojos con la desdicha de un ser aburrido de nadar en la vacuidad de sus pensamientos.

Mírenme y sientan lo que es estar muerto, pero erguido.

Es una pena no poder verme a mi mismo sin sentirme una bazofia, un parásito junta-hongos de la barba del arcaico-activo sistema. Pena me da aquel que niegue haberse sentido así. ¿Qué digo? No podría sentir pena por alguien tan cínico.

Ira si.

Algún día, no muy lejano espero, los cuervos que hoy me guían, saciarán mi ego y sus ambiciosas vísceras devorando este traje de abono que me dieron al nacer.

Esta cólera que no me deja descansar es digna de valer, aunque sea dos minutos de lectura.

Esta cólera que me desvela cada crepúsculo hasta el alba.

Esta cólera, más bien diarrea de sentimientos, merece ser contemplada solo por aquel que puede ver y denotar.

Ciclo mundano el de la vida.

Puedo hasta sentir que no la tengo de a ratos, casi siempre.

No vuelan hoy, mis hermanos, los cuervos; es que de momento, alto con su olfato delicado, luce su envergadura el más grande de mis temores: el buitre.

Llamémosle buitre a un fenómeno desconocido por nuestros nervios. Como por ejemplo la muerte.

Desde mi sádico asiento de espectador sensitivo, puedo hablarles de lo que para mi significa esta palabra tan vulgarizada y mal interpretada.

A menudo se tergiversan los distintos conceptos de muerte. Hablo de conceptos porque tengo más de un significado para dicho vocablo.

Ni bien entre en razón de los que me rodeaba, a los seis o cinco años, descubrí que no todo lo que respiraba lo haría por siempre. Luego de jugar con una mascota mía haciéndola rebotar contra la pared. Su cuerpo no soporto más de una tarde. He aquí mi primer idea de muerte, que hoy sigue en mi caudal de significados, concepto, como Uds. quieran llamarlo.

Dulce gatito, pequeño felino: ¿Fuiste pelota antes de ser domesticado?

Dulce gatito, diminuto gatuno ¿Soportaste tanto dolor solo por verme sonreír?

No creo que hayas podido pensar en eso.

Entrando en mis años de dolencia natural descubrí lo que conformaría la segunda interpretación.

Tuve la suerte de conocer a una persona que se ahogaba es sus artimañas para conseguir que le dieran la razón. Lo crucifique con los ojos y forme un arquetipo; un mitómano.

Mira a su alrededor y solo ve niños- piensa que puede engatusarlos-.

Presiente la duda en la mente ajena.

Lo peor… El cree en si mismo.

Mas adelante me cruce con un ser que había encontrado en si mismo la posibilidad de crear algo definitivo. Había encontrado en sus capacidades una que le permitía aniquilar al prójimo. Luego de comprobar que estaba diciendo la verdad, escuche su relato como interesado y arme otro arquetipo: el del “complejo de Dios”.

Degustando los nervios del que haya pecado o violado las leyes de su antiutopía. Autoritario.

Siente placer al hacerlo. No por sadismo, sino por aquel sabor que brinda la ley bien impuesta, al juez de ningún lugar… quien sorbe de todos los patíbulos.

El tercero soy yo.

Mucho que contarles de mis errores no puedo… pues no los tengo.

Siempre digo la verdad.

No me creo mitómano…

ideas débiles

Sobre la imagen de un hombre destruido por la humillación no
se puede proyectar nada más
superfluo que su divina simpleza. La sola esencia de su naturaleza
implica una totalidad de
conceptos inexplicables e ininteligibles para cualquier ser ajeno a si mismo.


La naturalización del hombre urbano no es más que una falacia.
Una vez que el individuo,
que hasta entonces había llevado una vida social o solitaria,
se sumerge en tal jungla de
peligros inminentes y mutaciones nerviosas, pierde la virginidad
que la soledad protege y
se aleja del humano sensible a lo efímero y sensacional del instinto.


El hermeticismo es una herramienta esencial para aislar los
pensamientos propios de las
invasivas propuestas racionales ajenas. Aplicándolo moderadamente
en la vida cotidiana ganamos
privacidad conceptual, pero perdemos credibilidad social.

No es desacertado el hecho de llevar cualquier comportamiento
humano a la básica conducta
animal. Hay una brecha más corta de lo que se tolera y mucho más
corta que la que se percibe entre
el accionar del hombre conciente y el que se rige por el moralizado
concepto de razón. Tan corta es que,
distinguir, se hace imposible para uno mismo.

...

1-

Ideas vagas nadando por el vacio.

Por un espacio carente de objetos y forma.

Sin limite.

Sin lugar para nada concreto.

Intentando llenar su vacuidad con voces.

Sonidos que no llenan.

Sonando donde nadie oye.

Flotando donde nada existe.

¿Existen esos gritos que piden ser oídos?

Excluido de la mente se puede razonar aun mas.

Sin sus limites, sin sus miedos.

Mente… Tortura del alma.

El peor sueño de la esencia.

En el subconsciente rozan las astillas, pero no se clavan.

En el epicentro de toda formación.

En la ante sala de equilibrio eterno.

Nada vive en este predio.

Solo se existe en este enlace umbilical entre realidad y letargo.

Solo la suave música que deleita paladares delicados.

Allí, en el Ombligo de los Limbos.

2-

No soy tan soñador como para arreglar lo que me rodea, lo que rodea a todos.

No por dificultad.

No existe lo difícil y lo fácil.

Todo aquello que se puede “hacer” carece que un adjetivo que califique un modo.

Es el humano quien está limitado.

Es “él”, el que tiene restringidas posibilidades de realizarlo.

Es él quien depende de sus capacidades.

3-

Harto, desahuciado de mis repugnantes limitaciones intelectuales,

me dispongo a soñar como cuando era niño.

Como cuando no era conciente de mi pertenencia al sistema.

Juglar de la maleza

Juglar de la maleza, cánticos zumbantes…

Te posas sobre tu reflejo, esquivas cual viento

Que cortas con tus alas, como la hoz al seco trigo.

La dosis de néctar, jugosa y nutritiva,

Inyecta su lengua, tu insaciable apetito.

Banquete de lujo; solo el rey más goloso,

Ha degustado tal esencia de la miel más pura.

Vivo el mantel donde sirve la naturaleza

Sabia anfitriona, manjar de los manjares.

El cebo es la melaza, el corazón de la flor.

La presa satisfecha, duerme en las fauces,

De su efectivo y austero verdugo.

Mecánica Mental

Tan turbio, el pensamiento, se engendraba en la extensa llanura, que cobró forma de niño. Cruzando a saltitos, al principio, los surcos de esa carne que aprieta. Trepando, más tarde, escalones apilados de la pirámide, exagerada por el agotamiento. Pié delante del otro, repetía y repetía al ritmo monótono, de tambores acelerados ante la desesperada ansiedad; de violines quemando las cuerdas en la asfixia de las fusas.
Y llegó a la cima, cumbre del olvido y la magna experiencia. Despojado de una armadura, sin filo en la lengua y pobre en expresiones. Solo con una idea, fuerte y veraz, austera de artilugios: irrefutable hasta su equinoccio, desde la cuna tan precisa.
Hacia el ocaso atinó cual aguileña vista y el horizonte se inundó de óleos ultramarinos.
Sombras sin forma absorbían los colores del paisaje y la luz desconfiada no se hizo presente nunca más. Una lóbrega ciénaga se abrió en el centro del vasto terreno y la peste del último profeta encarnó en un débil carnero, alimento de “el malo”, combustible de la hoguera.
Desde la cúspide, pedestal de los soles, divisaba claramente como las sombras se hundían en el fétido pantano dando vida a la criatura.
La idea, inmutable, se hermetizó.
La idea, inmaculada, se inyectó en lo más profundo del pensamiento. Esquivando razón alguna. Desafiando la ominosa oportunidad. Rechazando la perfecta inclusión.

Jonathan D. Pinetta (U_U)

Ventana a la libertad

¡Mierda!- Dijo para sí el guardia nocturno del Museo Nacional, del cual no recordaba bien si era Guillermo o José Hernández. Pero sí; Hernández era, pues podía ver en el interior de sus párpados el nombre de la calle en donde residía su madre y hacer una relación tipográfica entre las letras de bronce con relieve que se extendían sobre el ancho portón de la entrada del establecimiento cultural y la esquina del barrio marcada por las manos de los que jugaban a las escondidas.

-¡Helena!- Pensó, cegado por una neblina nostálgica y, en cantito-¡¡Mar-tita!!... ¡Qué lindas novias tenía de pibe! ¿Eran dos o la misma?...- Continuó divagando hasta que un haz de luz, como un impulso nervioso, lo devolvió a su pensamientos anteriores y esta vez, con mímica enfática. -¡¡¡Mierda, mierda y más mierda!!!- Recordó por qué se había detenido a mitad del hall de entrada del museo: había olvidado las llaves de su casa junto a la de su auto, precintadas con un llavero de cerveza barata, sobre la mesa de la garita de seguridad interna, en la sala anterior, detrás de las alarmas de seguridad con detector de movimientos-y-sonido-termo-óptico-infrarrojo (instalada por orden del director, desde antes de la llegada del último e invaluable óleo de Murillo).

-¡Pero claro!- Vociferaba encolerizado, dentro de las paredes de su cráneo, ahora reestableciendo el eje de responsabilidades y culpas en su superior- Ese desconsiderado de Ramírez no pudo instruirnos dos semanas antes… ¡Noooo!- Balbuceó con incisivo sarcasmo.- Y este mal-parido de Estefanetti se da el lujo de enfermarse hoy, que mañana se llevan el “cuadrito”, tamadre.

Una tosca gruesa de malos pensamientos, equivalente a los espacios en blanco o huecos de memoria que le regalaban los años y la falta de costumbre al horario nocturno, le impedían centrarse en la cuestión a resolver.

Trató de recordar “algún paisaje pintoresco que inspire tranquilidad”, como le sugirió alguna vez la terapeuta que le facilitaba la obra social. Pero a sus casi siete décadas de edad, una

muchacha de un poco más del tercio de la suya y con una figura firme y fresca (sin descartar la voluptuosidad de sus senos y su estrecha y firme cintura, que desembocaba tanto en sus semiesféricos glúteos como en su pronunciado sexo, asfixiado por los jeans), no conseguía más que causarle erecciones y, una vez resurgido el recuerdo del pudor ante la situación, comenzaba la autocrítica.

-¡Pero, mil veces mierda, carajo!- Ese no era el punto y lo sabía.- Un número… Una contraseña. ¡Claro!: un número que desactive el sistema de alta seguridad- Que él, en esa instancia, veía innecesario. Casi había llegado al punto de descifrarlo cuando le retornaron, como un eco de misa, las palabras de Estefanetti:

-“Vos tranquilito, salís caminando por la puerta principal, que el sistema se enciende solo: luego de identificar que tu placa salió del área establecida una vez pasadas las 22:05, cualquier ruido, vibración o ser vivo que ronde el perímetro es identificado como hostil y la señal les llega a los Federales que en minuto y medio, dos a lo sumo, están acá.”- una fuerte presión en ambas sienes lo obligaba a fruncir el seño mientras continuaba recordando- “Tenés suerte de tener el turno diurno, con esta tecnología no hay razones para que me renueven el contrato”.

La situación que, luego de focalizar en el percance, pudo analizar, era la siguiente: su horario había finalizado y las posibilidades de volver a la garita interna sin ser detectado por el sofisticado sistema antirrobos, eran una sobre quién sabe cuantos millones. Sin olvidar el hecho de convertirse en un hazmerreír al provocar tremendo despliegue policial en vano y la preocupación de los superiores... “¡ay, Dios, No!”... emitió la más profunda voz de su conciencia, la cual parecía ser producto del miedo al papelón y su presunta senilidad.

Su única esperanza: recordar la contraseña.

Su principal problema: no saber siquiera la cantidad de dígitos a marcar en el tablero de mando.

Visto que tenía el agua hasta el cuello, se sintió lleno de sensaciones de vértigo y nerviosismo que lo desequilibraban, pues no tenía nada que perder salvo su dignidad.

Antes de poder descifrar bien cual era la combinación de números se vio en la carrera a través del hall dirigiéndose hacia la galería protegida por la nueva tecnología. Al Atravesar la puerta de vidrio que le daba quince segundos para desactivar la alarma, recordó un tres, un seis... y un... nueve. ¡Sí! 3-6-9- siethhocho cerotres cuahhh-no, era 8-1, quince treint...

Diez segundos restantes y salía de la garita, dejando todos los papeles del escritorio desparramados por el suelo junto con el mate, a causa de no encender la luz, pero bien calculó que eso le demoraría uno o dos segundos.

¡SIETE!- Gritó para si- 3-6-9-7...

Cinco eran los segundos restantes para que suene la alarma y la compuerta de seguridad sellara la única salida, y el peor de los sonidos develaría que era un perfecto idiota, un hombre que no merecería una segunda oportunidad para ser respetado, un segundo “piquito” con Martita.

¡3-6-9-7-0... puta ma...- susurraba mientras marcaba el “0” y el reloj del tablero enseñaba un “1”, que le daría lugar a un “0” antes de que el recuerde que el último dígito a marcar era... ¡uno!...

Un ulular tan agudo como ensordecedor tiñó la cara del acabado hombre que usaba un uniforme que no era digno de su persona. Tal rigor podría haberse notado si las luces de las alarmas hubieran sido un poco menos potentes.

Se encontraba paralizado esperando el operativo comando de la policía, los interrogatorios, comisarios, asuntos internos y quien sabe que organización extranjera se sumaría al espectáculo en donde su cabeza eran su dignidad y su empleo, y no habría un verdugo más eficaz que el odioso director del museo para rebanársela en un patíbulo tan fétido como escaso de misericordia.

Lo único que activo su sistema nervioso y lo obligo a correr contra una ventana que divisó entre los deslumbrante haces de luz intermitentes fueron los ladridos de los perros de la división policíaca. Tal fue el envión que tomó, que ni bien hizo contacto con la ventana perdió el conocimiento.

A la mañana siguiente un oficial de la policía interrogaba a Estefanetti y luego de sacarle la información necesaria, mientras levantaba su carpeta de expedientes, fue detenido por el interrogado:

- Espere oficial... ¿de verdad cree que “el viejo” intentó robar ese cuadro?

- Lo dudo. De hecho, eso, ya no tiene importancia.

- ¿A qué se refiere?- frunció el seño sorprendido.

- Si hubiese resistido el impacto, y hubiese logrado escapar con la obra de arte, esta no tendría valor.

- No entiendo...

- ¿Cómo? ¿Ningún compañero de la empresa de seguridad le contó algo siquiera?...-suspiró y relajó su semblante- Se ve que el viejo se vio en aprietos y tal susto se pegó que salió corriendo contra el cuadro, “ventana a la libertad”; un lienzo pintado en acrílicos, muy realista e iluminado, pensando que era una ventana real y se reventó el cráneo salpicando de sangre el óleo de Murillo y otras tres obras.

Jonathan Demian Pinetta [2-5-2007] (*_*)

El fuego fatuo


Marión, amiga de la casa, tomó del cajón de los cubiertos una cuchara y, reflejando su cara en la concavidad de la misma, notó que las formas son inconstantes. Un gran escozor dentro de su cabeza la obligó a contraer sus músculos faciales, quedando irreconocible incluso para el rutinario producto del espejo frente a su cama.

-¿Te encuentras bien?- la sorprendió su hermanastra estática en el interior de las penumbras de la fría cocina y tras la demora de su respuesta- ¿Te sucede algo Marión?

Dominada por un impulso nervioso, soltó la cuchara sobre los demás utensilios culinarios, generando ese ruido molesto que estos suelen hacer.

-Deberás disculparme…- con la voz opacada por una evidente angustia-… debo ir donde mi padre.

-Puedes quedarte aquí si quieres. No creo que haya problema; mi madre te quiere como a una hija. Te prepararé el sofá-cama del…

-De veras… dejé algo pendiente y mi padre no sabe que estoy aquí.- Sintió una grave puntada en el centro de su frente, detrás del hueso frontal, donde por más que apriete sus dedos no llegarían a tocar. Comenzaba a sentirse dominada por un malestar que la tornaba inconsciente de sus actos. No sabía si estaba parada en donde su falsa hermana política abrumaba con habladurías o donde realmente debía estar; enfrentando a su padre (no como otras veces; ahora notaba un dejo de cruel juicio en su accionar).

-Marión…-Esta vez irritante- ¡Marión!

-¡Déjame, maldita perra cizañera!- gritó arrastrada por la ira y en cosa de un segundo y medio, sus ojos brillaron como el mismo Sol, y destellante como un relámpago dirigió su vista hacia la otra, chamuscando hasta el último rastro de cabello de su rubia melena.

Olvidando cerrar la puerta trasera y relación alguna con el incidente, corrió quince calles hasta la, para ella repugnante, casa victoriana donde yacía un ebrio depositado como un autista frente el televisor sin señal. Trepó por la canaleta del ala este de la residencia hasta la ventana entreabierta de su habitación.

Por más sigilo que hayan poseído sus movimientos, su padre reaccionó ante el primer pié que Marión puso dentro de la casa.

-¡Marión! ¡En donde mierda has estado, pequeña puta!- emitió el déspota violentado, esta vez más irascible que de costumbre. Se incorporó y saltó fuera de su lecho de inactividad, avanzando tan rápido como el alcohol le permitía y pateando la puerta de madera localizó a su hija al pié de la cama, transpirada y con el cabello sobre su rostro.

La tranquilidad que ella manifestaba era posbélica. El silencio era en su rostro el principal componente. El silencio era como casi todas las noches, el desayuno del día siguiente.

Pero eso no impediría que él se lo hiciera nuevamente (un par de golpes amansadores y de postre, una perversa interacción sexual, inherente a un ser humano civilizado con un gramo de alma). Esta vez, sería ella, y no la fatiga de su padre, quien detendría tal bestialidad. Pero no aún. Pensaba dejar que se encuentre en ese estado primal sin responder a nada más que a su instinto sexual y siniestro.

Luego del primer golpe que impactó de lleno en su mandíbula, casi descolocándola, dejando a la adolescente aturdida, el zumbido que la ensordecía la hizo entrar en razón de que sería una golpiza dura antes del ultraje, como si esa noche el monstruo al que ella llamaba padre se viera seducido por su necrófilo paladar.

-Maldita puta… ¿te crees capaz de soportarlo esta vez?...-se refirió ante el producto de sus genes, con la voz opacada por un vil velo que cubría su disque-persona- … ¡ahora verás de lo que soy capaz! Y sacándose su cinturón de cuero negro y esgrimiéndole a modo de fusta se precipitó contra la golpeada Marión y esta lo detuvo clavándole sus incisivos ojos en los de él.

Escasos son los recursos literarios que utilizo para representar el terror que causó en su progenitor esta enfurecida Némesis que Marión contenía, desde lo más recóndito de su ser.

El tiempo se detuvo y la niña inocente que por tanto años Marión logró resguardar en su interior, comenzó a soñar nuevamente:

Sola en una de las hamacas de la plaza del barrio, esperaba por su madre, por alguien que le diera envión, que la columpiara como tantos niños disfrutaban en sus días de infancia.

Pero nadie estaba en su letárgico drama para brindarle el calor que necesitaba entonces.

Lo sabía bien; su madre murió cuando la dio a luz. Había una idea, pero era tan solo un espectro creado a causa de sus miedos, un ángel de la guarda que nunca atendió el llamado de amparo.

No lograría cubrir tanto sufrimiento. No habría nadie que la apañe cuando se encuentre sola, nuevamente en el mundo real.

Simplemente, deseaba dejar de existir.

Y tan sincero y fuerte fue su deseo que, cuando el tiempo recobró su normal transcurso, su cuerpo se incineró por completo desde adentro hacia fuera; se volvió cenizas y minúsculas brasas que el cinturón de su padre desparramó por el aire.


Nagui (*_*)

Crónicas de un ente despierto

De la fuente en el patio de alguna casa un pez emergió de un salto magnífico. Un impulso que estremeció su esqueleto y perfeccionó sus movimientos.


Un impulso que lo evolucionó por completo, sacándolo de contexto. Obligándolo a adquirir condiciones de ave, a fluir por el aire cual si fuera agua.

Las branquias se vaciaron de líquido, ya innecesario, y el oxígeno condicionó a vivir.

Temprano para morir, sufrió hambre y los dientes brotaron entre colmillos y agujas. Olfato y visión apuntaron hacia mí, recostado en mi lecho.

El terror se filtró por mis poros paralizándome.

Una luna negra tiznaba los detalles de la escena.

La bestia seguía mutando a medida se elevaba sobre su único espectador, hasta eclipsarme.

La luz se escurría entre sus escamas, y las escamas en púas. Alcé una mano tratando de cubrir los haces destellantes y mientras la gravedad lo precipitaba sobre mi, estiré mis dedos apuntándole. Todos los músculos de mi extremidad se metalizaron y, cuando no pudieron hacerse más rígidos, el brazo entero se desprendió surcando el espacio entre ambos como una saeta.

El arponazo entro en su mandíbula y ensartó su cerebro, aniquilando al depredador.

El cadáver se dejó caer sobre mí y la presión logró que atravesara la cama.

Caí al vacío, la oscuridad asfixiante y desperté.